Julia pasó de ser una niña vivaz y adorable a convertirse en un puñado de cenizas en mis manos en menos de tres días.
Y durante esos tres días, Adrián no me llamó ni una sola vez.
Ni siquiera se presentó.
Liliana finalmente se enteró por mí de que aquella noche él había estado con su asistente y, furiosa, fue a la empresa a confrontarlo.
Pero los empleados le dijeron que ellos no habían ido a trabajar en esos tres días.
Los teléfonos estaban constantemente apagados.
—¡Maldito bastardo! ¡Cuando lo encuentre le voy a romper las piernas! —exclamó Liliana con furia, parada frente a mí.
Yo miraba fijamente la urna...