—No quiero que me anotes a lápiz. El lápiz puede borrarse. —Lo dice con suavidad y confianza. Levanto la mirada de la agenda y veo un rotulador negro permanente ante mis narices—. Todos los días —añade tan tranquilo.
—¿Cómo que todos los días? ¡No seas idiota! —le suelto con una voz un poco demasiado alta.
Me dedica una sonrisa arrebatadora y quita la capucha al rotulador. Se acerca, me roza la mano con los dedos y me arrebata la agenda. Me estremezco y me mira con cara de saber por qué. Busca la página de mañana y, con calma, traza una línea en el medio y escribe «Señor White» en...