Observo con aprensión cómo Dan mira a su alrededor y Mark
intenta acompañarlo a la salida, pero él no se mueve, ni siquiera ante el grandullón.
El pecho de Nick me golpea la espalda. Me toma y me hace girar en sus brazos. Está enfadado.
—¡Joder, mujer! ¡Vas a provocarles daños cerebrales a los niños! ¡Nada de correr!
Si no estuviera tan preocupada por la ubicación y el comportamiento de mi primo, me reiría
en la cara del idiota que me sostiene con fuerza en sus brazos.
—¡Suéltame! —Forcejeo para liberarme y, al girarme, veo que Dan nos observa con el ceño
fruncido. Mark está exasperado.
Mi primo echa un...