—Además... —Dejo la pila sobre la mesa y me pongo de pie—. Yo no sé manejar un látigo, así
que no creo estar lo bastante cualificada. —No sé por qué he dicho eso. No era necesario y ha sido
de mal gusto.
Se queda de piedra y veo que se reclina en su sillón con una mezcla de incredulidad y enfado.
—Eso ha sido muy infantil, ¿no te parece?
—Perdona. —Tomo mi bolso—. No ha sido a propósito.
Mark vuelve con nosotros y rompe el incómodo silencio.
—Estarán aquí dentro de una hora —anuncia al tiempo que se guarda el teléfono en el bolsillo
—. Antes de que se me...