—Nena, por favor, no llores cuando no puedo hacer nada para remediarlo. —Oigo que intenta
mover el cuerpo y al instante comienza a encadenar un montón de maldiciones—. ¡Joder!
—¡Deja de moverte! —lo reprendo, y me seco la cara antes de empujarlo suavemente por los
hombros.
No me discute. Se relaja de nuevo sobre la almohada con un suspiro cansado. Después levanta
el brazo, se fija en la vía que tiene puesta y empieza a mirar a su alrededor, confundido de ver toda la
maquinaria que lo rodea. De repente cae en la cuenta y levanta la cabeza con los ojos alarmados y
asustados.
—¿Te hizo daño? —balbucea esforzándose por...