Su grito de sorpresa me llega justo cuando estoy cerrando la puerta del ático. No corro. Ya
tomaré algo. Sin huevos. La alegría me dura poco. Pulso los botones del ascensor pero las puertas no
se abren. Vuelvo a introducir el código, me estoy poniendo nerviosa.
—¡¿Sin huevos?! —le grito al panel cuando la puerta no se abre.
—¿Estás bien?
Me giro y mi controlador y neurótico marido observa cómo pierdo los nervios con el maldito
teclado con las manos en los bolsillos.
—¡No puedo comer huevos! —le grito—. ¿Cuál es el nuevo código?
—¿Perdona?
—Ya me has oído. —Le doy un puñetazo al panel.
—Sí, te he oído, pero...