—Gracias, Clive —responde Nick, feliz de que alguien le recuerde a sus cacahuetes. No ha
intentado forzar ninguna conversación durante el trayecto de vuelta a la ciudad, y me ha dejado
reflexionar sobre mi reciente descubrimiento: el descubrimiento de que mi primo es un idiota y de
que mi marido ha perdido doscientos mil dólares por ello.
—De nada, señor White de nada. Cuídate, Addison —me dice con severidad, y yo sonrío con cariño
mientras su cara gruñona desaparece tras las puertas.
—Has dejado que Clive me llame Addison —señalo de manera distraída.
Me mira con una ceja enarcada y admonitoria.
—¿Y?
—Nada. —Consigo reunir fuerzas para curvar los labios...