—Ya vale —lo reprendo. Estoy algo quejica también—. Tengo que hacer pis.
Me giro en mi asiento, tomo la manija para abrir la puerta y veo el entorno que nos rodea.
Reconozco ese muro bajo que bordea el pequeño cementerio, y la pequeña cabaña en la que puedes
entrar para tomar el sendero que lleva a la playa, y la mezcla de arena y hojas que se acumula en el
pequeño canal. Me resulta familiar. Demasiado familiar.
Me giro hacia él.
—¿No era coña? —Miro otra vez, pero los trajes de buzo tendidos en el jardín que hay al otro
lado de la carretera confirman mis temores—. ¿Vas a dejarme...