Chapter 6 un salvador

Chapter 6 un salvador

El miedo que sentía Maite se disipó cuando Marcos le brindó sus brazos y empezó a mostrarle un afecto y cariño similar al de su padre. Pero los sentimientos eran diferentes, ese hombre la protegía, pero también despertaba en ella emociones nunca antes experimentadas. Una vez que Maite cumplió diecinueve años, Marcos le pidió formalmente que fuera su novia. No tenía dudas, amaba a esa mujer con toda su alma y quería pasar el resto de su vida con ella.

Al terminar el semestre, Marcos invitó a Maite a su país natal. Ella siempre había querido conocer ese pequeño país, pero su padre nunca se lo permitió. Ella jamás logró entender por qué su padre siempre se excusaba cuando ella quería acompañarlo en sus viajes. Siempre pensó que tal vez viajaba con alguna mujer que le gustaba, por eso no quería llevarla. Pero ahora no había nada que le impidiera ir al país de su amado Marcos.

Con mucha emoción, Maite subió al avión sin saber que esas vacaciones se convertirían en su peor pesadilla. Apenas aterrizó, Alex Smith recibió la llamada.

—Señor Smith, su hermana acaba de volver—, dijo la persona al otro lado de la línea. Una sonrisa se dibujó en el rostro del joven, después de tantos años de buscarla, por fin había tenido noticias de su pequeña Maite. Con una ancha sonrisa, regresó a ver a su madre.

—La encontramos, mamá—, dijo emocionado Alex. “¿Volvió?” preguntó Rebeca asintiendo y uniéndose a sus manos en agradecimiento.

—Maite acaba de volver al país—, dijo Alex estirando sus brazos para abrazar a su madre. La mujer de mediana edad lo recibió con amor. Fuertes carcajadas llenas de felicidad llenaron la sala de la hermosa mansión Smith.

Hace años atrás, Rebeca se casó con un americano quien le dio una vida cómoda y un amor puro y noble. El americano adoptó a Alex como su hijo y después de eso se vieron obligados a cambiar sus registros, solo así podían evitar que Albert los encontrara. Con la ayuda del americano, cambiaron sus nombres y su registro de nacimiento, borrando todos los lazos que los unían a Albert.

A pesar de que su vida había cambiado, Rebeca jamás logró olvidar a su hija y cada noche lloraba en silencio para no preocupar a su esposo. Después de pasar varios años casada con el señor Robert Smith, el hombre murió dejándole toda su fortuna a ella y a Alex. Este último tomó el poder de las empresas y continuó buscando a su hermana, pero nada arrojaba que ellos estuvieran en dicho país.

Cuando finalmente recibió la llamada, hizo las maletas y se dirigió a aquel país. Una vez que llegó, siguió de cerca los pasos de su hermana, sin querer aparecer repentinamente en su vida. Maite y Marcos estuvieron de vacaciones durante una semana, lo cual le impidió acercarse, por lo que decidió volver a los Estados Unidos y mantenerse informado desde allí.

De un día para otro, recibió un par de noticias que lo obligaron a regresar. Fue entonces cuando Marcos metió a su hermana en prisión y Alex se sintió impotente, sin poder hacer nada para salvarla. Todos en esa ciudad temían a Marcos Heredia. Fue en ese momento cuando Alex pensó en vengarse de ese hombre maldito, ya que la empresa del señor Smith era una de las principales compradoras del producto que Marcos exportaba.

PRESENTE

Al salir de prisión, Alex llamó a su amigo Ángel López, un abogado estadounidense, para que se encargara de la liberación de su hermana. Ángel, recién llegado al país, respondió al teléfono: —Alex, estoy en el aeropuerto. Iré al hotel y mañana mismo me presentaré ante tu hermana—. Alex colgó con alegría y se dirigió al hotel donde se hospedaba. Antes de llegar, recibió una llamada del extranjero. Alex creyó que era su madre, pero al reconocer el código se dio cuenta de que era de París.

—Señor Smith, un hombre acaba de entrar a la casa de su hermana en París.

—Detenlo y mantenlo aislado. Viajaré a París hoy mismo—, respondió Alex. Los hombres que Alex había enviado a París para investigar a su padre y a su hermana habían atrapado a Romer, el padre de Emma, quien había ingresado a la casa de Maite en busca de pruebas que lo incriminaban en los desfalcos que había cometido años atrás contra los Heredia.

Al día siguiente, la mujer policía dijo a Maite: —Maite Ferri, tienes visitas—, mientras abría la reja. Maite dudó:

—¿Visitas? ¿Yo? Debe haber un error.

—No hay error—, respondió la policía. Maite se sorprendió y se dirigió a la sala de visitas.

Por un momento, su corazón se llenó de alegría al pensar que podría ser Marcos quien había decidido visitarla. Se hizo muchas ilusiones en su cabeza, pero estas se desvanecieron al recordar la mirada llena de odio con la que Marcos la había mirado por última vez.

Al llegar a la sala de visitas y no ver a nadie conocido, preguntó: —¿Está segura de que dijeron mi nombre?

—Sí—, dijo la mujer policía mientras señalaba a un hombre rubio de ojos verdes. Maite dirigió su mirada hacia él y él le sonrió. Luego se levantó y la saludó: “Señorita Ferri, me presento: soy Ángel López y estoy aquí para brindarle mis servicios”.

—¿Para defenderme? —, repitió Maite mientras los latidos de su corazón empezaban a acelerarse. Ángel era tan guapo, sus ojos verdes y su cabello castaño le lucían perfectos con su piel blanca.

—Sí, soy un abogado extranjero y pedí reabrir su caso. Pero siéntese y le explicaré mejor—, respondió Ángel.

—¿Un abogado extranjero? —, preguntó Maite mientras se sentaba y llevaba sus manos a su vientre. —¿Será posible que pueda salir de prisión? —, se preguntó, pero lo hizo en un susurro lo suficientemente alto como para que Ángel lo escuchara.

—Sí—, dijo el abogado. —De hecho, creo que en un mes estarás libre.

Escuchar eso llenó a Maite de esperanzas y alegría, hizo que se sonrojara. Preguntó emocionada: —¿Quién te contrató? ¿Y por qué apareces ahora y no cuando iba a ser juzgada?

—Soy un abogado de oficio y me enteré de tu caso por casualidad. Quise ayudarte—, dijo Ángel tratando de evadir la pregunta principal. —Ahora necesito que me cuentes todo lo que sucedió aquella noche. Así podré reunir las pruebas suficientes para demostrar tu inocencia.

Maite le dio todos los detalles que recordaba y, con toda la información proporcionada, Ángel se despidió: —Te visitaré con frecuencia—, le lanzó una sonrisa coqueta. Ella le agradeció por interesarse en su caso y se despidió de él. Luego, caminó hacia su celda llena de esperanzas. No podía creer que un abogado se hubiera interesado en sacarla de prisión. Ese hombre le estaba diciendo que había una oportunidad para salir. Agradeció al cielo por traer a su vida a ese ángel y, acariciando su vientre, sonrió pensando en su pequeño bebé.

Varios días después, Emma salió del hospital sonriendo ampliamente. En sus manos sostenía los resultados de la prueba de embarazo. Estaba embarazada y se sentía afortunada, su sueño se había hecho realidad: iba a darle un hijo a Marcos y eso la llenaba de alegría. Ingenuamente, creía que después de eso, él querría casarse con ella.

Una vez que Marcos llegó a la hacienda, encontró a Emma en la sala esperándolo con una amplia sonrisa. Al verlo entrar, se levantó y lo saludó con atención, esperando recibir al menos un ¡Gracias! Por su parte. Sin embargo, cuando Marcos la vio, hizo una mueca de desagrado. La presencia de esa mujer le causaba dolor de cabeza. Estaba a punto de pedirle que se marchara de su casa cuando ella aclaró la garganta.

—Marcos… ¡Vamos a ser padres! —dijo Emma, esperando que esta noticia lo llenara de felicidad. Sin embargo, recibir esa noticia fue como un balde de agua fría para él. Al segundo siguiente, los ojos negros de Marcos parecían echar fuego y su rostro se tornó rojizo.

—¿Qué estás diciendo? —cuestionó, al crujir los dientes—. ¡Repite lo que dijiste! —gritó furioso. La sonrisa dibujada en el rostro de Emma desapareció rápidamente.

—No quiero un hijo contigo —dijo Marcos con firmeza. Emma quedó atónita, no se esperaba esa reacción. La mirada oscura de Marcos la hacía temblar.

—¡Qué irresponsable! —bufó Marcos enfadado—. ¿Acaso quieres atraparme? ¿Es eso?

—Mar… cos… yo, yo no lo planeé, te lo juro.

—¡Cállate! —gritó Marcos lleno de ira—. Si no lo planeaste, ¿cómo explicas que estés embarazada? —Emma no pudo articular palabra, se quedó sin habla—. ¡Habla! —volvió a gritar. Aquel grito hizo que la mujer saltara del susto y comenzara a llorar, lo cual enfureció aún más a Marcos. Fastidiado, se marchó dejándola allí.

Marcos Heredia llegó a su despacho y, una vez allí, liberó su rabia. Lanzó al suelo todo lo que encontró a su paso, golpeó con fuerza el mueble que decoraba su despacho hasta lastimarse la mano.

Mientras tanto, Emma continuaba en la sala escuchando los reproches de Marcos. Se preguntaba cómo era posible que ese hombre no pudiera mostrar un poco de felicidad al recibir una noticia así. Al segundo siguiente, secó sus falsas lágrimas y sonrió de medio lado.

Sabía que tarde o temprano Marcos aceptaría a su hijo, estaba completamente segura de eso. Con esa idea en mente, subió a su habitación y, una vez frente al espejo, acarició su plano abdomen.

Por otro lado, Maite ingresó a la celda llena de esperanzas. En cuanto entró, Graciela la observó y vio los ojos iluminados de Maite. Aunque ya sabía el motivo de esa felicidad, quiso indagar al respecto.

—Y ahora tú, ¿por qué sonríes? —Maite se sentó al borde de la cama y, suspirando, comentó:

—Vino un abogado a visitarme y me dijo que reabrirá mi caso —sus ojos se iluminaron mientras contaba todo lo que Ángel le había dicho—. Él dice que tengo posibilidades de salir, ¿te imaginas? Dentro de unos meses estaré fuera de prisión —terminó, sonriente. No pudo ocultar la alegría que le causaba saber que había posibilidades de ser libre. Graciela se unió a su sonrisa y juntas celebraron ese momento lleno de dicha.

Mientras tanto, Ángel se presentó ante el juzgado para proceder a reabrir el caso de Maite Ferri.

—¿El caso de Maite Ferri? ¿Está seguro de lo que planea hacer? Ese caso se cerró, y está prohibido reabrirlo.

—Estoy completamente seguro de lo que hago, y si insiste en negarse, no me quedará más remedio que actuar de otra forma —sentenció con seriedad.

—Usted no sabe a quién se está enfrentando, abogado.

—Claro que lo sé, aún triste y miserable humano —dijo al tomar la carpeta—. Y no le tengo miedo a nadie —añadió mientras comenzaba a leer el expediente. A medida que avanzaba, la impotencia crecía. La injusticia cometida con Maite era atroz. Ella ni siquiera había tenido un abogado a su lado el día de su condena. Se preguntaba cómo pudieron llevar a cabo un juicio tan rápido y sin una defensoría pública para Maite. Era una completa aberración, qué podrida justicia tenía ese país, pensó Ángel para sus adentros.

En otra parte de la misma ciudad, en la oficina de Marcos, este se encontraba absorto en sus pensamientos cuando una llamada lo sacó de su ensimismamiento.

—Señor Heredia, le llamo desde el juzgado por el asunto de la señorita Maite—. El hombre al otro lado del teléfono quedó callado al mencionar a Maite, ya que en ese mismo instante Marcos colgó. Odiaba escuchar ese nombre, detestaba tener que pensar en ella, quería que desapareciera de su vida de una vez por todas. Marcos lanzó su teléfono contra la pared, lo pisoteó violentamente hasta hacerlo añicos, no quería recibir más llamadas del juzgado, no quería escuchar el nombre de Maite, deseaba expulsar cualquier pensamiento sobre esa mujer de su mente.

Una vez que calmó su ira, Marcos tomó el teléfono de su oficina y llamó a su secretaria, le pidió que comprara un boleto hacia cualquier país fuera de su nación. La secretaria colgó y de inmediato contactó al aeropuerto, reservando un boleto hacia un país cercano, ya que sabía que su jefe no quería alejarse mucho debido a su abuela.

Horas más tarde, Marcos salió de su oficina y se dirigió al aeropuerto. En menos de una hora, ya estaba volando por encima del país. Cuando la turbulencia pasó, se recostó en su asiento, cerró los ojos y sintió una calma interior.

En un país lejano, Alex había aterrizado en París. Lo primero que hizo al bajar del avión fue visitar la tumba de su padre. Allí estaba, frente a la tumba de Albert, cuando una anciana se acercó a él. Al verla, Alex se secó las lágrimas y mantuvo una expresión seria. La anciana se situó frente a la tumba, depositó unas flores como había hecho desde el fallecimiento del hombre.

—Joven, ¿conoció a Albert? — preguntó la anciana. Alex tragó saliva y asintió con la cabeza. La mujer de edad avanzada lo miró detenidamente, y a pesar de que el joven estaba de perfil, notó sus ojos llorosos, comprendiendo que debía ser alguien cercano.

—¿Qué significaba Albert para usted? — preguntó Alex.

—Yo fui una amiga incondicional. Cuando Albert llegó a París, ingresó a alcohólicos anónimos y yo fui una de las personas que lo ayudó en su camino hacia la sobriedad. Se convirtió en un hombre diferente, vivió y dedicó su vida a Maite. Fue un padre excepcional y esa niña era su razón para seguir luchando — los ojos de la anciana se iluminaron al mencionar a Maite—. La conocí tiempo después, y entendí por qué Albert hablaba tanto de ella.

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