— ¿No puede haber nadie más que me entrene, como Celeste? —se quejó Sienna y por primera vez en mi vida estoy de acuerdo con esa niña mimada.
Cuando Leo me dijo que lo ayudara a entrenar a la nueva jamás pensé que se tratara de Sienna.
Esa chica me odia desde el primer día que me conoció y lo peor es que no entiendo el porqué.
Pienso que es como una encarnación del mal.
Es dulce y cariñosa con su tío pero en cuanto este se va ella es otra.
Me saca de quicio además de que se llevaba bien con Celeste.
En su defensa Celeste engaña a las personas para usarlas y cuando estas no hacen lo que ella quiere finalmente saca sus uñas.
Lo único bueno es que ya no la veré más.
Lo malo es que está Sienna en su lugar, no salgo de una para entrar en otra.
—Celeste ya no trabaja aquí Sienna, no sé porqué no quieres que Melissa te ayude pero lo hará —afirmó él separándose de nosotras—. Ve a ponerte los patines.
Sienna asintió no muy conforme pero fue a buscarlos mientras que él me lanzaba una mirada que no supe identificar.
—Ten paciencia con ella —murmuró al final antes de irse.
Soy un paciente.
Aguanto a mi tía que es peor que nadie así que aunque Sienna me saque de mis casillas voy a tolerarla.
—Este pedido es para la mesa 8 -me dijo Delia saliendo de la cocina pero Greg ya venía por el platillo.
—No había podido decirle lo guapa que estás —me dijo sonriéndome con coquetería haciéndome reír—. Luces como un pastelito apetecible.
—Provócame mocoso y voy a golpear tu trasero.
—Mejor sería que yo golpeara el tuyo, piénsalo —me dijo antes de guiñarme el ojo e irse para llevar el pedido.
Atendí a un par de personas que llegaron a pedir hasta que Gine se me acercó tendiéndome un papel y fruncí el ceño para volverla a ver a ella.
— ¿Qué es esto?
—Eres una... me ganaste. El imbécil te envió su número.
Inevitablemente estallé en una carcajada y Gine me fulminó pero terminó riéndose conmigo pero en ese momento llegó una vez más Sienna mirándonos con desaprobación.
— ¿Están aquí para trabajar o para hacer nada?
Yo gruñí por lo bajo saliendo de detrás de la isla y Gine tomó mi lugar.
—Bien Sienna voy a...
—Señorita Vescovi, que esté aquí no significa que seamos del mismo nivel. Que no se te olvide —me dijo ella gruñendo y yo asentí inhalando por la nariz.
—Está bien señorita Vescovi, te diré lo que tienes que saber. No creo que tardes en entender ya que eres muy inteligente.
—Sí, y no quiero pasar tiempo contigo —gruñó ella desviando su mirada de mí.
Suspiré porque hoy no iba a ser mi día de suerte con esta niña.
—Sígueme.
—Alto ahí.
¿Estás usando uno de mis vestidos? —chilló ella horrorizada y yo cerré mis ojos clamando al cielo por más paciencia.
—Tuve un accidente y tu tío me lo prestó mañana te lo traeré lavado y en perfectas condiciones.
Ella me dio una mirada larga de arriba a abajo y bufó.
—No lo quiero, quédate con él.
No uso cosas que alguien más usa —se quejó y estuve a punto de gritar.
Ella es odiosa.
No le dije nada y le indiqué las cosas que tenía que hacer y aunque era un poco torpe se defendía muy bien por suerte.
Cuando creí que no me iba a topar más con las miradas despectivas de "la señorita Vescovi" dado a lo atareadas que estábamos ya que el turno de la tarde es el más concurrido por la puerta entró mi tía Mirla llamando la atención de todos por su excéntrica presencia.
Ella tiene cincuenta años pero la verdad es que no lo demuestra en absoluto.
Su figura es la de una mujer guapísima de treinta y nueva años quizás.
Es alta.
Mucho más que yo.
Bien pudiera haber sido una modelo o reina de belleza.
Su tez es morena y tiene unos ojos verdes gatunos preciosos.
A decir verdad nosotras no nos parecemos en nada.
Su belleza es casi tanta como la maldad en su corazón pero eso pocas personas lo sabemos.
Me tensé de inmediato cuando sus ojos felinos se posan sobre mi y yo automáticamente me enderezo notablemente.
Me mira fijamente y sé que quiere que me acerque.
Cuando veo al resto ocupados me acerco a ella.
Es muy extraño que esté aquí ya que siempre vive despotricando sobre Black cat.
— ¿De dónde sacaste ese vestido? Es original —me dijo ella impresionada recorriendo el vestido con sus ojos.
—Tía, estoy trabajando si me ven contigo hablando van a despedirme.
— ¿De dónde lo sacaste Melissa? —gruñó ella una vez más y yo suspiré mirando hacia los lados para ver si alguien nos veía o algo, luego de ver que todos estaban ocupado me acerqué más a ella.
—Es de la sobrina de mi jefe, tuve un accidente y me prestó el vestido —le dije sin especificar que él me había llevado a su casa porque sabía bien que me comenzaría a dar sermones.
Mi tía detestaba que estuviera cerca solo de "perdedores" como ella los llamaba.
Por mi parte y sin que lo sepa yo los llamo familia.
— ¿Te lo prestó? —continuó ella evaluándome con ojo clínico—. ¿Cómo es posible que esa niña tenga ese vestido original cuando su tío no es más que pobretón que apenas tiene una cafetería.
Una de las más famosas de Roma.
Quise defender aunque sabía que era inútil además de que nunca ganaba una a mi tía.
—No lo sé tía, ¿A qué viniste?
Ella le perdió importancia al vestido y subió su mirada en mi dirección.
—Solo a que te acordaras que después de aquí tienes que ir a una peluquería, esas puntas están horribles, ¿Lo recuerdas? ¡Hoy es día de club! —exclamó ella y yo fingí una sonrisa porque sólo ella se alegraba con los días de club.
Yo tenía que interactuar con desconocidos que siempre terminaba detestando.
—Sí tía, ahora debo irme.
—Melissa, quiero que hoy sea el día de encontrar marido. No lo dejes ir —afirmó ella levantándose de la mesa dándome una última mirada intensa.
—Eso espero tía.
Adiós —le dije y ella asintió antes de salir.
Suspiré por segunda vez en el día mucho más ansiosa que antes.
Mi tía tenía razón.
Tengo que encontrar a ese hombre cuanto antes.
Me vuelve loca su presión y estoy harta de la misma.
Me di la vuelta para seguir atendiendo a las personas que recién entraron pero en cuanto lo hago me topo con un pecho masculino. De inmediato subo la mirada y ahí está Leo mirándome bajo esas espesas pestañas que poseé.
— ¿Algo va mal Melissa?
No sé si fue la forma en la que me lo preguntó.
O la preocupación en su voz pero casi me tiré a sus brazos a llorar.
No tenía ni idea de dónde venían estos sentimientos pero fue muy extraño.
Yo nunca me sentía así.
—Nada jefe, volveré al trabajo —fue lo único que le dije antes de marcharme hasta la barra desde donde me volteé a ver a Leo por instinto y sorpresivamente él me estaba mirando de vuelta.
Entonces algo cosquilleó dentro de mí pero decidí ignorarlo.