Chapter 6 Castigo

Chapter 6 Castigo

Capítulo 6 —Castigo

Dorian:

Había quedado muy molesto con el hecho de que Elektra y Alaric se conocían. No quise que ella me diera detalles y a él, obviamente, no se los pediría tampoco. Pero pensar que él pudiera frecuentar el club y haberla visto bailar, me enfurecía. ¿Acaso ella también era su pu*ta? Con toda esa carga emocional, fui al club y me puse más intenso de lo acostumbrado. Elektra entró en la habitación del club nocturno con una mezcla de anticipación y temor. El ambiente era familiar; luces suaves, la atmósfera íntima y el lujo discreto. Pero esta noche, todo era más cargado, más denso y ella lo notó. Yo la esperaba sentado en el cómodo sofá; mi rostro tenía una máscara de calma contenida. Sin embargo, mis ojos traicionaban la tormenta que se libraba en mi interior.

—Cierra la puerta —ordené con voz grave.

Elektra obedeció, sintiendo el peso de mi mirada clavada en ella. Caminó lentamente hacia donde me encontraba, sus pasos resonaban en el silencio de la habitación. Se detuvo a corta distancia, esperando mis próximas palabras.

—Buenas noches, Dorian —dijo al detenerse.

—Buenas noches, Natasha —le respondí con un tono seco, estaba enojado con ella, sabía que no tenía derecho, pero aun así, lo estaba.

—Soy Elektra, ¿recuerdas? —me replicó en tono temeroso.

—Esta noche eres Natasha y yo no soy Dorian. Así será más fácil… —sus ojos detonaron sorpresa y su temor se vio incrementado —también quiero que conserves la venda en tus ojos y no te la quites, por nada del mundo, hasta que yo te lo diga.

—Muy bien, como usted ordene.

—Eso está mejor.

Sin decir nada más, me levanté y me acerqué a ella, cada paso que daba podía ver el efecto que le causaba y, hasta casi, escuchar que su corazón latía más rápido. Tomé su mentón con una mano, levantando su rostro para que me mirara directamente a los ojos.

—Le puedo explicar lo que sucedió esta mañana, en el café —me dijo con la voz temblorosa.

—No me interesa saber de dónde conoces a ese joven, si es a eso a lo que te refieres —dije bruscamente, con mi tono lleno de una dureza que Elektra no había escuchado antes. Ella abrió la boca para intentar explicarme, pero la interrumpí —No quiero saber nada —repetí, con mis dedos apretando ligeramente su mentón —Lo único que me importa es que estás aquí ahora, conmigo.

Elektra tragó saliva, sintiendo la tensión en el aire. Podía ver el fuego en mis ojos, un fuego alimentado por los celos y el deseo, algo que ni yo mismo entendía.

—¿Por qué? —se atrevió a preguntar, con su voz apenas en un susurro.

Me incliné más cerca, y mis labios casi tocaban los suyos.

—Porque estoy invirtiendo mucho en ti, Natasha. Y no quiero que mi inversión se vea malograda. Ya te lo dije —La crudeza de mis palabras la sorprendió. Antes de que pudiera responder, la tomé de la mano y la llevé al centro de la habitación. La hice girar lentamente, evaluándola con una mirada intensa. —Esta noche, vamos a hacer las cosas a mi manera —dije, sacando la venda de seda negra de mi bolsillo— Elektra tragó saliva, sintiendo una mezcla de miedo y excitación mientras le vendaba los ojos. La oscuridad intensificó sus otros sentidos; podía escuchar su respiración, sentir el calor de su cuerpo cerca del mío. —No te muevas —ordené, en un susurro autoritario. Ella obedeció, sintiendo cómo mis manos se movían con destreza sobre su cuerpo, despojándola de su ropa, pieza por pieza. La sensación de vulnerabilidad era abrumadora, pero también estaba seguro de que ella quería cederme el control. La guie hacia el sillón y allí la hice sentar. —Ahora, mi querida Natasha, te voy a mostrar lo que sucede cuando alguien me hace sentir celos —dije, con voz baja y peligrosa. Mis manos recorrieron su cuerpo con posesividad, cada toque intensificando la tensión entre nosotros. Elektra sentía que cada caricia era una mezcla de castigo y adoración, un recordatorio de mi poder sobre ella. —¿Lo sientes? —murmuré en su oído. Mis dedos exploraban su piel con una habilidad que la hacía temblar. —Esto es lo que me haces sentir.

Narrador:

Ella no pudo contener un gemido mientras las emociones y las sensaciones la abrumaban. En ese momento, se dio cuenta de que estaba atrapada en un juego peligroso de deseo y poder, uno del que no estaba segura de querer escapar. Dorian hizo que recostara la cabeza al respaldo, quedando con el rostro hacia arriba. Se paró a su espalda, entonces apoyó sus labios sobre los de la joven, mientras sus manos se dirigían a sus pechos, para estrujarlos de una manera que la hizo gemir. Pero ella tuvo un sobresalto y trató, aunque sin éxito, de zafar de su agarre, al escuchar el sonido de la puerta que se abría y luego se cerraba.

—¡Alguien entró! —exclamó cuando pudo al fin retirar su boca del eterno beso

—Sí, pero tu tranquila…

—No, tranquila no… —Dorian vio cómo su pecho se hinchaba ante la incertidumbre

—Tú y yo tenemos un trato, yo hago contigo lo que me plazca siempre y cuando no te lastime —y le mordió el labio inferior — Y créeme que no dejaré que nadie te lastime, pero sí que te dé mucho placer.

—Pero…

—Pero nada, Natasha, tú confía en mí y solo déjate llevar.

—Ok…

Elektra asintió con la cabeza, tampoco era que tuviera muchas opciones. De pronto sintió unas suaves manos que se deslizaban por sus muslos, eran delicadas, pero firmes y con uñas largas, lo que le dio a pensar que se trataba de una mujer. Su respiración se agitó más aún, cuando el calor de una lengua recorrió zonas muy cercanas a su intimidad. Finalmente, esos finos dedos, le abrieron los labios inferiores y la abrazadora lengua se hizo sentir en su clí*toris, a lo que ella comenzó a gemir.

—¡Eso, nena! ¡Disfruta! —le murmuraba Dorian al oído, mientras no dejaba de darle pequeños pellizcos a sus pez*ones —No tienes idea de lo delicioso que es verte así, gozando de esta manera.

—Yo… —Pero él la calló.

—No digas nada, solo goza y hazme gozar. Adoro ver cómo se empapa tu cuerpo de transpiración, cómo jadea tu boca y cómo tu cuerpo comienza a temblar —tú —le dijo a la otra chica —detente, no quiero que se corra aún, quiero que sufra, que ruegue —ordenó, a lo que la otra joven se detuvo —quiero escucharte rogar —le murmuró a Elektra.

—No sé en qué le molesté —dijo con la voz ahogada.

—Dejaste que alguien más te tocara…

—Pero la ha traído usted…

—No hablo de ahora, hablo de esta mañana —y haciéndole sentir los dientes en su cuello —nadie puede respirar cerca de ti, tú me perteneces…

—Pero yo… —Y le hizo un gesto para que la otra chica retomara lo que había dejado pendiente —Ah…

—Dilo…

—¿Qu…e co…sa…?

—Quién es tu dueño, a quién le perteneces

—Yo… —y comenzó a temblar —solo le pertenezco a usted…

—Ahora ruega…

—Se lo suplico…

—¿Qué es lo que quieres, cariño? —preguntó con sorna

—¡Ya… deje que me corra...! Se lo ruego —Dorian observaba con fascinación, como Elektra se retorcía, tratando de alcanzar el orgas*mo por el que rogaba.

—Adoro escucharte rogar… —Y en ese momento llegaba al orga*smo llenándose de espasmos —exactamente así, al llegar al clí*max —y volvió a besarla mientras la sentía temblar. Cuando su cuerpo recuperó la calma, Dorian le ordenó a la invitada que se fuera —ahora vete, ya no te necesito.

Al quedar solos nuevamente, la giró, haciendo que apoyara las rodillas en el asiento y los brazos en el respaldo, para tomarla de la cadera y de una estocada, penetrarla.

—Ah… —se quejó la joven

—Recién no te quejabas tanto, cuando te estaban dando placer, ahora es mi turno —y comenzó un vaivén desenfrenado, para en pocos minutos caer a su espalda, luego de haber alcanzado también su orga*smo —¿Ves? —le murmuró al oído —esto es lo que sucede cuando me haces enojar.

Ni bien se desacoplaron, Elektra recogió su ropa y salió corriendo de la habitación.

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