Hemos tomado el valor para subir hacia nuestras habitaciones, pero en realidad ninguno de los dos tenemos muy claro que hacer ahora. Nunca me he sentido así con ninguna mujer y no me reconozco. Desearía tener el descaro de pedirle que entre a mí habitación, pero no quiero que piense que solo busco satisfacer este deseo que me consume por ella. Dudo una y mil veces al sacar la llave magnética de mi bolsillo. Le miro, le sonrió, y como un idiota me quedo sin saber que decir. —¿Qué hago?— Le pregunto finalmente y acorto la distancia entre los dos para rozar su delicado rostro con mis dedos –Alai, no...