Debo lucir como algo salido de una pesadilla, porque cuando intento abrir la puerta, me doy cuenta de que está cerrada con llave, y de repente Gail asoma por las cortinas corridas y grita. Las cortinas se cierran rápidamente y vuelvo a golpear.
—¡Gail! ¡Soy yo! ¿Reina? —la llamo—. Estoy bien, solo déjame entrar.
Ella aparece de nuevo por la rendija de las cortinas, gritando a través del cristal de la ventana.
—¿Reina? ¡Diosa! ¿Qué demonios ha pasado…?
—¿Podrías abrir la puerta, por favor? —interrumpo y espero unos segundos hasta que se escucha el clic de la cerradura y Gail abre la puerta, con los ojos más abiertos de lo...