Epílogo
Los rayos del sol me calientan, mi piel iluminándose con vida. El brillo dorado trae un filtro celestial al bosque que nos rodea, como muros que protegen nuestro castillo. Esta es nuestra tierra, la del Verdadero Alfa. En medio de la calma del prado está mi hogar, el hogar de Raúl, el hogar de nuestras familias. En los árboles hay un ejército de hombres. Sus hombres. Guardias que nos protegen de los celosos y los malvados.
Por la mañana, me despierto y bajo en puntillas hacia la planta baja, encontrándome con Gail en la cocina. Ella me entrega una taza de café y nos sentamos juntas afuera en el...