Suspiro divertido al ver el puchero del pequeño dirigido a su madre cuando le dijo que comiera azúcar, era verdad, a ese niño no le gustaba el dulce, ni a él tampoco, algo ventajoso para el mismo. Se acerco sacando algo de su bolsillo y estirándoselo al pequeño quien enseguida sonrió con ojitos de estrella, abrió el paquete de aquello y comenzó a comerlo feliz de la vida, como de costumbre.
Gracias Frank –sonrió nerviosa la rubia mirando al azabache y luego dirigiendo su mirada al pequeño con ojitos entrecerrados— te he dicho que no comas tan rápido –le regaño al ver que el niño ya llevaba en dos mordiscos...