La situación de lal hijita era a veces buena y a veces mala, y sentí que se me partía el corazón al ver que los aparatos insertaban en todo el cuerpo.
Carlos seguía muy "ocupado", sólo aparecía diez minutos cada vez y luego volvía a marcharse a toda prisa.
Ese día, cuando estaba tomando la sopa de arroz que me había traído la tía, oí el ruido de una pelea que venía de fuera.
Me levanté con dificultad y abrí la puerta justo a tiempo para ver cómo la tía le daba un fuerte puñetazo a Carlos.
Agarró la ropa de Carlos y le dijo con saña: "Cabrón, nuestra Emi...