El tiempo pasaba deprisa, y la hijita pronto cumpliría cinco años.
Sus abuelos venían todos los años a verla, y de paso también se tomaban un descanso y disfrutaban del tiempo libre.
El negocio de la pensión no era ni bueno ni malo, al menos podíamos ganar algo de dinero cada mes, Josefina y yo no teníamos preocupaciones por la comida y la ropa.
La niña llevaba mi apellido, y se llamaba Josefina Pérez, y su apodo era Pepa.
Por el bien de su salud mental, le dije directamente que Carlos se había ido al paraíso.
"Emilia, ¿estás segura de que no vas a volver a perdonar a Carlos? Durante...