Cuando nos quedamos a solas crucé mis brazos sobre mi pecho. Me sentía expuesta ante él, como nunca antes, como si lo que sea que pudiese decir ahora, tuviese la capacidad de destruirme y herirme.
—¿Por qué huiste de mí?—preguntó y quise volver a golpearlo— Prometiste que nunca huirías de mí.
—Y tú prometiste nunca herirme y sin embargo lo hiciste—quería gritárselo, pero en una casa llena de gente me conformé con siseárselo.
Caminé hasta la puerta y la dejé abierta para que me siguiera. Cuando estuvo al lado mío emprendí una marcha con él siguiéndome el paso.
—¿Por qué?—pregunté—Y no me vengas con un "no lo sé" porque es...