Scott estaba a punto de llamar a la puerta, su figura era un faro de estabilidad en medio del caos que reinaba en mi mente. Su voz resonaba en el aire, cargada de la autoridad tranquila de un confidente leal.
—Tienes una reunión en pocos minutos... —empezó a decir, pero lo interrumpí con brusquedad.
—Investiga a Jennifer Clark. Quiero toda la información sobre ella en media hora. Me voy ahora, cancela la reunión y asegúrate de que nadie me moleste, especialmente Montserrat. —Ordené mientras me marchaba sin mirar atrás, mi voz era firme como el estruendo de un trueno, marcando mi decisión con una claridad implacable.
—Sí, jefe —Scott asintió sin protestar.
Mientras avanzaba por los pasillos, las miradas de todos se posaban en mí. Podía escuchar los susurros a mis espaldas, pero no me importaba lo que tuvieran que decir, como un león que se mantiene indiferente al murmullo de las hienas que lo rodean en la oscuridad.
Subí al ascensor y pulsé el botón para dirigirme al estacionamiento. Cada piso que descendíamos era un paso más hacia la libertad, un escape de las interminables obligaciones y compromisos que asfixiaban mi existencia.
Al llegar al estacionamiento, abordé mi auto y me dirigí al hospital. Cada kilómetro que recorría me acercaba más al encuentro con mi destino, con la verdad que se escondía en las sombras de mi pasado.
—Joven Hans —me llamó la recepcionista al llegar, su voz era un eco distante entre el bullicio del hospital. Me observaba con una mezcla de curiosidad y respeto.
—¿Dónde está? —le pregunté sin detenerme mientras me dirigía al ascensor.
—Piso 6, medicina familiar —gritó, sus palabras fueron como un faro en medio de una tormenta, guiándome hacia mi objetivo con precisión.
La puerta del ascensor se cerró, y presioné el botón del piso 6. Cada segundo de espera era una eternidad en el silencio tenso del elevador. Mi corazón latía con fuerza, como si estuviera preparado para una batalla inminente.
A medida que ascendíamos, algunas personas abordaron el ascensor: pacientes y enfermeras, ocupaban el espacio a mi alrededor. Finalmente, llegamos al piso 6 y salí del elevador, el olor estéril de medicinas inundó mis sentidos, recordándome los momentos más oscuros de mi pasado.
—Joven Hans —me llamó la secretaria al verme.
—¿Está? —pregunté, y ella asintió, su gesto fue un rayo de esperanza en medio de la incertidumbre que nublaba mi mente.
Avancé hasta llegar a la puerta y, sin pensarlo, entré.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Maximiliano.
—He terminado con tu hermana. —Le dije, mis palabras cortaron el aire como una verdad irrefutable en medio del tumulto emocional que amenazaba con desbordarse.
—Ya era hora, ella no se da cuenta de que no la amas. Es bueno que al fin se haya librado de ti. Eres uno de mis mejores amigos, pero ella es mi hermana. No te convenía; es una bruja, aunque, para ser justos, ninguna mujer parece ser suficiente para ti.
Se acercó y ajustó uno de sus aparatos auditivos, su voz sonaba como un eco en el silencio cargado de la habitación.
—Inhala, ahora exhala —ordenó mientras colocaba el estetoscopio en mi espalda, siguiendo sus instrucciones al pie de la letra.
—Estoy bien, no necesito consulta. —Afirmé, y él asintió.
—Es mi trabajo. ¿A qué se debe tu visita? —preguntó con evidente curiosidad.
—¿Recuerdas a la chica de la discoteca hace tres años? —lo vi pensativo, su mente trabajaba como si buscara en un archivo mental perdido entre mis propios recuerdos.
—¿Qué chica? —preguntó, la confusión impregnaba su voz.
—La pelirroja, la que salió del baño. Comentaste que era linda, el día que celebramos el inicio de mi compañía. —Lo observé mientras su expresión cambiaba de desconcierto a reconocimiento, su rostro se iluminó cuando finalmente comprendió a quién me refería.
—¿La que chocó contigo al salir del baño? Claro que la recuerdo. Era hermosa, a pesar de no llevar maquillaje. —Saqué mi celular y le mostré una foto.
—¿Era ella, verdad? —pregunté, y él miró la imagen por unos segundos. Su expresión pasó de sorpresa a reconocimiento, sus ojos se clavaron en la foto con una intensidad que reflejaba su entendimiento.
—Antes, su mirada era diferente. Ahora parece triste… —comentó Max, con melancolía, como si pudiera sentir el peso de los años en los ojos de aquella mujer desconocida.
—Debo irme. —Respondí, mi voz firme, pero teñida de una urgencia contenida, como si el tiempo estuviera escapando de mis manos y necesitara atraparlo antes de que fuera demasiado tarde.
Max intentó detenerme, pero ya estaba caminando hacia la salida.
Detesto los malditos hospitales, pensé mientras atravesaba los pasillos, cada paso resonaba en el silencio opresivo del lugar, un eco de mis propios pensamientos confusos.
Al llegar a mi auto, un correo de Scott llegó con la información que había solicitado. Las palabras en la pantalla brillaban como una revelación en medio de la oscuridad que me envolvía.
«Jennifer Clark, 25 años…»
Leí con atención, absorbiendo cada detalle que aparecía en la pantalla de mi teléfono, como si estuviera siguiendo un mapa hacia un tesoro oculto que había estado buscando durante años.
Esta mujer debe hasta su alma, pensé, sintiendo fascinación y determinación, como si hubiera encontrado el eslabón perdido en la cadena que me había atado por tanto tiempo.
No entendía por qué no había aceptado mi propuesta; ahora tendría que obtenerla a mi manera, pensé con una determinación implacable, como un cazador que sigue el rastro de su presa hasta el final.
Llamé a Scott.
—Dígame, señor —respondió de inmediato, su voz cargada de una lealtad inquebrantable.
—Asegúrate de que los cobradores reclamen lo que les pertenece mañana mismo. Quiero a esa mujer en mi oficina a primera hora, encárgate de eso.
—Sí, señor.
Su respuesta fue rápida y sin vacilación, como un soldado obedeciendo órdenes sin cuestionarlas.
Colgué y me quedé mirando el teléfono unos segundos, mi mente procesaba a toda velocidad la información que acababa de recibir.
De la guantera saqué una vieja fotografía, sus bordes estaban desgastados por el tiempo, los colores desvanecidos por los años.
—Al fin te encontré.
Murmuré para mí mismo, apenas en un susurro en medio del silencio.