Alexander se sentó en su coche, que tenía aparcado a unas manzanas de la cafetería de la que acababa de salir. No pudo evitar que las lágrimas terminaran de resbalar por sus mejillas. Su corazón latía muy rápido mientras se aferraba con fuerza al volante. Estaba enfadado. Estaba roto y devastado al mismo tiempo. Se sentía inútil. Se sentía un fracasado. Sentía que su hermano le había contado lo de su próxima boda con Ema a propósito, sólo para frustrarlo. Lo hizo sólo para restregarle en la cara que él ganó la carta del felices para siempre y no él. Christopher ganó al final. Pensar en ello le hizo hervir...