En plena tarde, Joaquin se encerró en el despacho. Sus dedos temblaban con fuerza; no se atrevía a abrir aquel informe. Yo, impaciente, me sentía como una alga en el mar, balanceándome sin rumbo fijo.
—No puede ser —murmuró Joaquin para sí mismo—Ella me está engañando, este informe debe ser falso.
Impulsivamente, me lancé hacia él, intentando agarrarle la oreja y llamarle estúpido. Pero apenas lo toqué, mi mano atravesó su cuerpo, dejándome con una sensación de vacío absoluto.
Después de un rato de vacilación, finalmente abrió el archivo. Una fotografía apareció ante sus ojos. Mis pensamientos comenzaron a desvanecerse, como si me transportara a aquel atardecer de hace seis...