En la segunda mitad de la noche, descansaba mi barbilla en la mano, flotando sobre la cabecera de la cama de Martita. Ella se acurrucaba en el regazo de Joaquín, insistiéndole en que le contara cuentos al bebé que esperaban. Me vi obligada a ser una espectadora silenciosa.
Apagaron la luz. Joaquín cerró el libro y se dio vuelta para bajar de la cama. Abrió la puerta que daba al balcón y salió, quedándose solo en la oscuridad de la noche.
Noté que hoy actuaba de manera muy extraña. Cada vez que surgía el tema del bebé, se quedaba en silencio, perdido en sus pensamientos. ¿De qué estaba escapando?
Sacó...