Magia
—He estado esperando un momento mágico, pero quizás haya momentos mágicos—
SIA- MAGIC
Me desperté más temprano que mi alarma esta mañana… créeme cuando digo que esto ya se está volviendo habitual.
Tomé un baño bien caliente antes de mirarme en el espejo.
¡Dios mío!
Parecía que un zombi me había contagiado de zombite. La quemadura en mi cuello tenía una coloración negra y rosada, mi ojo morado empezaba a aclararse, dejando una mancha morada alrededor, y mis costillas aún me dolían de todas las caídas de ayer.
¡Arrrrgh! ¡Necesito un cambio de imagen completo!
Me tomó una hora entera cubrir mis horrendos defectos, y para entonces, el sol ya estaba también despierto.
Me puse una sudadera encima de mi camiseta sin mangas y bajé a desayunar.
Mi mamá estaba friendo huevos y mi papá sentado junto al mostrador leyendo el periódico cuando entré.
—Oh, ya está despierta—dijo mi papá dejando su periódico—. ¿Cómo estás, querida? —preguntó luego.
Solo asentí.
Ya casi no conversamos. Nada como en los días en que hablábamos de cómo habría sido más divertido si mi mamá hubiera tenido otro hijo para que yo no estuviera sola, y ella me molestaba diciendo que yo llevaría el embarazo, y mi papá me guiñaba un ojo.
Mucho amor, ¿no?
—Entonces… ¿cómo va la escuela, jovencita? —continuó mi papá tratando de iniciar una conversación, pero yo seguí asintiendo.
Mi mamá no dijo nada, y mejor para ella. Quiero decir, ella era la primera a la que le lloraba el corazón casi todos los días porque pensé que le importaba; poco sabía yo que solo me consolaba por lástima, pero claro, necesitaba su dinerito. ¡Qué asco!
—Eh… bueno… ¿necesitas que te lleve a la escuela? —preguntó papá de nuevo, pero esta vez se veía incómodo.
Bien, que lo sienta.
Después de negar con la cabeza, salí de la cocina. En la entrada, decidí tomar mi coche hoy, ya que es una forma más rápida de llegar a la escuela y salir de allí.
Mientras daba marcha atrás, mamá salió corriendo un poco para alcanzarme.
—¿Estás libre después de la escuela hoy? —preguntó mirando el coche que usaba.
—Es preferible que me preguntes, ¿llegaré a casa viva hoy?
—Sé que lo harás.
—Lo dudo.
—Pero, ¿estás ocupada?
—Sí.
—¿Haciendo qué?
—Planeando sobrevivir.
—Iris, yo... —No la dejé terminar y arranqué hacia la escuela. No tengo tiempo para perder.
Llegué a la escuela un poco antes de la hora establecida y, tras unos segundos de cubrirme la cabeza con la capucha, caminé por el pasillo.
Solo para recibir otro golpe desgarrador de la semana.
León estaba junto a mi casillero con su grupo, y al verlo, instintivamente llevé la mano a mi cuello, donde aún sentía la herida dolorida. No estaba lista para otra más. Al menos, no todavía.
Me acerqué a mi casillero mirando de nuevo al suelo.
Soy una cobarde.
Una gran, estúpida cobarde.
Cuando llegué a donde estaban ellos, me costó toda la valentía del mundo atreverme a hablar.
—P-por favor, ¿p-puedo tomar mi l-l-libro? —dije, y como de costumbre, fue casi un susurro, pero esperaba que al menos me escuchara.
Él solo me miró con frialdad, luego sonrió con arrogancia antes de hacerse a un lado.
¿Qué demonios?
¡Simplemente se movió!
¡Sin golpearme!
Eso era lo último que había esperado. Pensé que me abofetearía o, posiblemente, me insultaría en voz alta, pero en lugar de eso, me escuchó.
Quizás realmente ha renunciado.
—G-gracias —respondí, esta vez en un tono mucho más fuerte.
Estaba a punto de abrir el casillero cuando él agarró mi cabeza y acercó su boca a mi oído.
Sabía que era demasiado bueno para ser cierto.
—Nunca, repito, ¡nunca en tu miserable vida me hables!
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, pero no era del tipo que sienten los enamorados. Lo mío era puro terror.
—Lo s-siento —logré decir con las lágrimas amenazando con caer de mis ojos, una vez más.
—Sí, lo sé, pero creo que aún debes aprender la lección —dicho esto, apretó mi cabeza con más fuerza y me estrelló contra el casillero.
Sentí un zumbido en los oídos, luego vi a León y su grupo salir corriendo antes de que todo se volviera negro.