ACTUALMENTE…
DAVID
Ha pasado una eternidad, o por lo menos así lo he sentido. En realidad, hace cuatro años desde aquella mañana en el colegio cuando conocí a Azul.
Cuatro. Jodidos. Años.
Cuando eres hombre lobo el tiempo no parece tan relevante, no es que seamos inmortales; pero vivimos vidas mucho más largas que un ser humano. Aun así, ha sido mucho tiempo.
La primera reacción de un lobo al encontrar a su pareja es meramente primitiva, surge la necesidad de reclamarla y marcarla como propia, impregnarla de su esencia hasta que el resto de la manada sepa que ella tiene dueño. Por más salvaje que se escuche, esa es nuestra naturaleza.
Sin embargo, eso no impide que nuestra parte humana pueda actuar con raciocinio. Es difícil... muy difícil, más no imposible.
Los primeros dos años que esperé fueron relativamente "fáciles". Azul siguió viviendo en el pueblo. Estudió una carrera de fotografía y se trasladaba hacia la ciudad que queda a una hora de aquí.
De vez en cuando la encontré en celebraciones propias de la manada o en alguna cafetería del pueblo. Y tuve que hacer acopio de todo mi autocontrol para no acercarme a ella.
Debo confesar que jamás la perdí de mi radar, no es que haya sido un maldito acosador espiándola por las ventanas. Pero es fácil conocer la vida de una persona cuando se vive en un pueblo pequeño.
Pero eso cambió.
Hace dos años, me encontraba en casa de Omar y Lucía celebrando el nacimiento de su hijo Derek. Siendo testigo de su felicidad, decidí que ya era suficiente espera. Azul ya había cumplido diecinueve años y para mí eso era aceptable.
Guardé mi celular que estaba en la mesa, tomé el resto de mi bebida de un trago y me levanté con decisión:
—Se lo diré ahora mismo —mascullé a todos y a nadie en particular.
—Espera, hermano, ¿a dónde vas? —Me detuvo Omar, tomándome por el brazo.
—Debo hablar con ella ahora, ya fue suficiente. No puedo esperar más.
—¿Seguro? Son las 11:30, no crees que ya debe estar dormida ¿Por qué no esperas a que sea mañana? —sugirió mi amigo.
—Algo me dice que lo haga hoy, que tal vez mañana no tenga la valentía.
—Esa «valentía» se llama whisky —señaló reprimiendo una sonrisa—. Mira, ve a una habitación, refréscate y descansa. Mañana la buscas, cuando estés más tranquilo.
—No puedo, ya esperé mucho. —Traté de caminar, pero me tambaleé un poco.
—Si ya has esperado dos años, no creo que una noche más haga la diferencia.
Hice lo que me dijo, usé una habitación de huéspedes y tomé una ducha. Me puse ropa cómoda de Omar y me acosté a descansar. Tardé en conciliar el sueño, no dejaba de pensar en cómo hablaría con Azul, ¿Qué le diría? ¿Cómo reaccionaría ella?
Salí de casa de mis amigos muy temprano por la mañana, fui a mi cabaña para prepárame y no tener que usar la ropa del día anterior.
Ya vestido con ropa casual: jeans oscuros, camisa blanca remangada en mis antebrazos y unos tenis, estuve listo. Tomé algo de desayuno y un analgésico para el dolor de cabeza. No suelo beber mucho pero el estrés del trabajo y la ansiedad por toda esta situación me incitaron a hacerlo, solo necesitaba un pretexto y la felicidad de Omar por el nacimiento de Derek fue la ocasión perfecta.
Salí de casa alrededor de las 11:45 a.m. y tarde treinta minutos en llegar al lugar. Me quedé en el auto por cinco minutos más tratando de ordenar mis ideas. Tomé una bocanada de aire, lo solté en una sonora exhalación para llenarme de valor, y salí del auto.
Atravesé el jardín delantero de la casa: es muy grande y se nota que viven de manera decente. Llegué a la puerta y toqué el timbre...
Abrió una mujer de mediana edad, que por sus rasgos físicos imaginé que debía ser la madre de Azul. Su gesto de sorpresa y confusión me dijo que era muy posible que me conociera. La saludé intentando no sonar demasiado nervioso, pero creo que fallé en el intento.
—¡Hola, buenas tarde!
—Buenas tardes joven... David, ¿cierto? —«No me equivoqué», pienso—. ¿Le puedo ayudar en algo?
—De hecho, sí, necesito hablar con su hija, ¿podría llamarla?
«Llegó el momento, por fin», me digo con la ansiedad atenazando cada fibra de mi ser.
—¿Azul? —preguntó notablemente confundida.
—Sí, señora ¿Se encuentra en casa?
—Lo siento, ella salió...
—¿Cuándo cree que puedo encontrarla? —La interrumpí antes de que terminara la frase.
—Ella pasará una temporada en Canadá, no sabemos cuándo regresa. Estará fuera por lo menos un año o dos —aseguró y yo sentí que el suelo se hundió bajo mis pies.
Nadie en el mundo puede tener tanta mala suerte.
—¿Cuándo se fue? —pregunté con la esperanza de alcanzarla antes de que fuera demasiado tarde.
—Su vuelo salió a las 9:00 a.m. —respondió apenada.
—¡Me lleva el carajo! Sabía que tenía que venir anoche. —Pensé en voz alta.
—¿Disculpe? ¿Pasa algo con mi hija? —exclamó con preocupación.
—No, discúlpeme usted. Estoy aquí porque...
Me invitó a entrar a su casa, su padre también se encontraba ahí. Por mera casualidad de la vida, descubrí que el padre de Azul es uno de mis mejores proveedores. El señor Salvador Duarte y su esposa Andrea me escucharon; les conté desde el principio y me dieron la razón en la decisión que tomé de esperar unos años para hablar con su hija. Quisieron llamarla y pedirle que volviera, pero no acepté. Me gustaría que se enterara por mi parte.
Seguí esperando.
****
Dos años más tarde, aquí estoy...
Salgo de la oficina después de tener un largo día. Pasé de reunión en reunión, una junta de marketing para idear la promoción de los nuevos productos que elaboramos y una extenuante revisión a la planta, con la ayuda de Omar quien no me abandona. Mañana tendremos un control de calidad y todo debe estar en orden.
—Ve a casa, hermano, tu familia te espera —digo a mi amigo sin disimular un bostezo de cansancio.
—Lo haré. Todo saldrá bien. La planta está en perfectas condiciones, no te preocupes —me asegura.
—Lo sé —declaro confiado—, no me preocupa.
—Descansa, amigo, te veo mañana —se despide caminando hacia su auto mientras yo subo al mío.
—Hasta mañana —digo como respuesta.
Conduzco por la desviación del camino que lleva hasta mi cabaña, estoy a unos cinco minutos de llegar cuando suena mi celular, pongo el manos libres y respondo...
—Diga —pronuncio simplemente al desconocer el número.
—¿David? —Se escucha del otro lado de la línea.
—Sí ¿Quién habla?
—Soy Andrea, la madre de Azul —contesta sorprendiéndome. Se forma un silencio en el que no sé qué responder; me toma totalmente desprevenido—. ¿Sigues ahí? —cuestiona, sacándome de mis pensamientos.
—Sí... ¿En qué puedo ayudarla? —Carraspeo un poco retomando mi voz.
—Ella regresó —murmura y mi corazón se salta un latido. «Regresó. Al fin», me digo, pero toda emoción queda en el olvido al escuchar sus siguientes palabras—: Pero, no volvió sola...
Freno de golpe, pongo la reversa y doy vuelta. Ya me cansé de esta incertidumbre, iré a su casa y hablaré con ella. Necesito saber si me aceptará o no y continuar con mi vida.
****
Es la segunda vez que estoy frente a su puerta con la misma intención. Espero que ahora sea diferente. Me digo a mí mismo que la vida sigue con ella o sin ella y lo creo en verdad; o quizás me siento así porque no la he visto en dos años, además del hecho de que no la conozco en realidad. O solo trato de minimizar su rechazo, en caso de que así suceda.
«¿A quién engaño? No he pensado en otra cosa desde que la conocí», pienso para mis adentros. Es este instinto animal que me dice que me pertenece, luchando contra la parte humana que no está de acuerdo con tal posesividad.
No lo pienso mucho y me dirijo a la entrada de la casa, estoy listo para esto. He esperado suficiente. Toco la puerta y oigo su voz diciendo que enseguida abre.
Sostengo el aire en mis pulmones y lo suelto tratando de que no se note el temblor en mis manos. No sé si son los nervios o la molestia de saber que alguien la acompaña. Puede que sean ambas cosas. Escucho sus pasos acercarse y me preparo.
Abre la puerta y me quedo congelado observándola...
«Está preciosa. Mucho más de lo que recuerdo».
Intento articular alguna palabra cuando ella nota mi pasmo y, de todas las veces que imaginé este momento, jamás pensé decir lo que digo a continuación. La palabra más estúpida que se me puede ocurrir y que traté a toda costa de evitar:
—Mía.