Benedict se encuentra en la habitación, sentado en el sillón, mirando un retrato de Adelaide y Gaspar.
La luz tenue y la calidez de la chimenea crean un ambiente sereno y acogedor en la habitación, pero en el corazón de Benedict no hay más que pesadumbre, odio y miles de ganas de acabar con el mundo.
Se lleva la mano a la cara e intenta dispersarse de esos pensamientos que lo aturden desde ese día que ocurrió todo. Dormir es algo que no consigue hacer sin soñar con ella y su hijo. Todavía no puede creer lo que pasó.
En ese momento, unos toques resuenan en la puerta. Es su...