—No estas comiendo. ¿Por qué diablos no estás comiendo? No hay forma de que puedas decirme que no tienes hambre, estás empezando a verse así y tu piel está enfermizamente pálida. Como un fantasma.
—No quiero.
Me acerco a la bandeja, la recojo y la dejo en la mesita de noche.
—Ahora, come la maldita comida. —Señalo la comida.
—No.
Creo que debe saber que su desafío solo servirá para enfurecerme. Lo que no sé es por qué lo hace si lo sabe.
—No puedes decirme que no.
—Lo acabo de hacer. No quiero tu comida. Quiero que me dejes
ir.
—Eso no está sucediendo.
—Te odio—me escupe.
—Se supone...