Nuestras miradas se encuentran, poco a poco los ojos de mi esposo van recuperando su tono dorado y va tomando su forma humana. Una vez que está completamente transformado, paso mis brazos alrededor de su cuello y hundo mi rostro en él, supongo que por la impresión que tiene al inicio no me regresa el gesto, pero luego lo hace, estrechándome contra su cuerpo con fuerza.
—Donna... ¿De verdad eres tú? — Susurra con pesar y alegría.
—Sí, soy yo.
Levanto la mirada y él toma mi rostro entre sus manos, luego fundimos nuestros labios en un tierno beso, como si tratáramos de cerciorarnos de que esto es real. Al...