Una locura pospuesta
―No me pidas eso Emi ―me reclamó él dejándome en claro que no le hacía gracia que le hablase en esos términos.
Yo suspiré atreviéndome a esgrimir una sonrisa delicada, pero cargada de pesar que me esforcé inmensamente en disimular.
―Tengo que hacerlo. Ese día en el altar la tomaste como esposa y aunque no se las razones que te llevaron a cometer esa locura, tú asumiste una responsabilidad con ella y, te guste o no, debes velar por su bienestar.
Cristian se me quedó viendo y un poco más atrás, también Arthur. Tal vez ellos aún no terminaban de entender que yo podía parecer una niña...