Meses después, Gedeón sostenía con fuerza la mano de Aradne, quien respiraba agitada y gritaba de dolor. Él había insistido en estar presente en el parto; no quería perderse el momento más importante de sus vidas: el nacimiento de su princesa.
—¡Puja! ¡Vamos puja! Falta poco —Le animaba Gedeón, con el corazón palpitando a toda velocidad, mientras ella pujaba con todo su ser, sintiendo como si su cuerpo se desgarrara por dentro. El dolor era insoportable, más intenso de lo experimento con Eiden.
Gedeón, al verla así, sudorosa, temblando de dolor y agitada apretando con fuerza su mano, sintió un miedo que no había experimentado antes. En su mente considero...