CAPÍTULO 11.
Amenadiel.
Mientras el mundo promete venirse abajo en el jardín de un millonario, yo salgo corriendo a la sala principal donde Matt Voelklein ha pegado el grito en el cielo.
Por poco tropiezo con la alfombra en cuanto llego corriendo a la sala. Mis muslos chocan con el respaldo del enorme sofá blanco. El corazón me late con fuerza.
Matt tiene el teléfono pegado a la oreja, está de espaldas y en cuanto presiente que no está solo se da la media vuelta y me clava sus ojos grises. Estos me causan un escalofrío. Está pálido.
Basta una mirada para saber lo que ocurre.
Tenso la mandíbula, pero...