Su voz era fría, pero sus palabras hicieron que me sonrojara.
Que dijera eso para salvar mi orgullo era algo que no esperaba.
Ariano apretó los dientes, riendo con amargura: —Hermano, será mejor que te la lleves. ¡Me molesta solo verla!
Yo palidecí. Adrián bajó la mirada, me miró un momento y, naturalmente, tomó mi mano, entrelazando sus dedos con los míos.
—Gracias, hermano —dijo, con una clara provocación.
El calor de su mano disipó el frío que traía de afuera. Su voz seguía siendo calmada, casi imposible de leer.
Cerró la puerta y subió a mi coche.
Se sentó en el asiento del copiloto, cerrando los ojos para descansar....