Seis meses después de mi muerte.
Joaquín Gómez seguía viviendo a lo grande, disfrutando de su vida de libertino. Yo flotaba en el aire, observándolo en silencio mientras él se rodeaba de mujeres, con una expresión de satisfacción en el rostro.
Sus amigos, una banda de cómplices de siempre, le brindaban uno tras otro. En medio de la algarabía, alguien soltó un comentario sin pensarlo demasiado.
—Joaquín, ¿hace cuánto que no vemos a esa perrita faldera?
El silencio se apoderó del ambiente.
Con “perrita faldera” se referían a mí.
Mi padre era el chófer de la familia Gómez, y mi madre, la ama de llaves. Desde pequeña, me enseñaron a...