Después de organizar mi funeral, papá se llevó a mi hermana y se mudaron de la casa. Le dijo a mamá que cuando superara sus emociones, podrían volver a vivir juntos, de lo contrario, sería perjudicial para la recuperación de mi hermana.
Mamá no intentó detenerlos. Durante un largo tiempo, no pudo superar sus emociones.
Cada día abrazaba mi foto, ya fuera sentada o acostada en mi cama, murmurando:
—Feli, lo siento... Feli, lo siento...
Papá regresaba ocasionalmente para ver a mamá y, al verla, solo podía suspirar.
Mi alma se desvanecía poco a poco, mi conciencia se volvía cada vez más difusa. Miré el rostro cada vez más demacrado...