La Pasión de la Vida—¡Abril, por el amor de Dios, quédate quieta! —rogó Janeen, su tono lleno de molestia mientras tiraba de mi cabello otra vez.
—¡Ay! —gemí, frotándome el cuero cabelludo. —Esto duele.
—¿En serio, Ap? ¿No puedes aguantar un poco de dolor? —dijo Gabrielle, poniendo los ojos en blanco.
—Ja, ja. Muy graciosa, Gabe —respondí con sarcasmo, haciendo que me lanzara una mirada fulminante. Siempre odiaba ese apodo porque sentía que la hacía sonar como un chico.
—Cinco minutos más, Abril, y termino —murmuró Janeen mientras seguía trabajando.
Ya habíamos terminado con Janeen y Gabrielle, y yo era la última en sentarme en esa silla horrenda. Estábamos preparándonos...