—Sabes —empiezo—. Admiro tu capacidad para resistir el dolor. Si fuera otra persona, ya estaría suplicando piedad. No es que debas hacerlo ahora, esto es solo el comienzo —digo de manera conversacional.
—Gracias, admiro la tuya. Tocaste esa plata sin mostrar ningún signo de dolor; o no sientes dolor o sabes esconderlo bastante bien, y nunca suplicaré piedad —me responde.
—Sabes, es una pena que tenga que matarte —digo.
—Ugh, no me digas que te gusto —responde ella con desdén.
Mi rostro se retuerce de asco. —Por supuesto que no, tengo una compañera y la respeto —digo, mirándola, sin poder creer que siquiera pensara por un segundo que traicionaría a...