—Quiero verlo de nuevo —insistió Atenea.
Layla, ante la manifestación de su amiga, puso los ojos en blanco y soltó un suspiro de resignación ante su estado enamorado.
—Olvídate de él —le dijo, dándole una palmada en la parte trasera de la cabeza para hacerla reaccionar —. Solo lo viste una vez, por el amor de Dios, concéntrate en el estudio.
—¿Y qué quieres que haga? —se sobó el golpe, mirándola enfurruñada —. No puedo olvidarlo, fue mi primer hombre, y era tan perfecto, maravilloso, guapo. Si vieras lo encantador que fue, seguramente me darías la razón —hizo un puchero.
—Si quieres te traigo un micrófono y lo gritas a...