El fuerte olor a desinfectante no se iba, todo era blanco. Desperté en el hospital.
“Silvia, no te angusties, cuida tu salud, no pienses demasiado. A Pépa no le gustaría verte así, anímate.”
Pablo apareció para consolarme, pero nunca podría perdonarlo. Me dolía la cabeza. Sentía la garganta arder.
“Sal de aquí, Pablo.”
Lo miré con ojos llenos de odio, mi voz rasposa.
“Está bien, me iré. Toma un poco de agua, debes sentirte muy mal.”
Pablo me miraba con ternura.
Tomé el vaso de agua y se lo arrojé. No le causó ningún daño.
Cerró los ojos, sin enojarse, y salió lentamente, ordenando a la enfermera que limpiara el...