A pesar de que Pablo me dejó la casa, no me quedé allí. Recogí algunas cosas de Pépa y me mudé a un pequeño apartamento cerca de su escuela, donde abrí una cafetería.
El trabajo diario, aunque agotador, llenó mi vida de una nueva sensación de plenitud. Ver a los niños me traía un aire de juventud.
Así pasaron los días lentamente. A veces, deambulaba por la esquina donde Pépa fue atropellada.
Pensaba en cómo se sentiría ella aquel día, sentada en el coche de su padre, probablemente muy feliz, sin saber que él recibiría una llamada y la dejaría allí apresuradamente.
¿Se asustaría en ese momento? ¿Pensaría que no...