Estoy temblando como una hoja y el bajar del auto de Alejandro parece una misión imposible, pero él caballerosamente me ayuda a bajar y sostiene mi brazo —¿estás de acuerdo con el plan?— me pregunta una vez más mientras caminamos hacia la entrada.
—Sí — repito.
—Mira que, una vez que lleguemos con él, no hay marcha atrás. — advierte.
—Lo sé, y por favor ya no me pongas más nerviosa de lo que estoy. — le suplico.
—Lo siento, es que esta es la única manera de que los dos salgamos bien librados de esta situación y de que mi padre no sospeche. Es por poco tiempo, sólo hasta...