Los días se deslizaban como arena entre los dedos de Ashley. La boda se aproximaba a pasos agigantados, y cada detalle, cada decisión, pesaba sobre ella como una losa invisible. A pesar de la inminente unión con el hombre que amaba, una sensación de desasosiego la atormentaba.
Enrique, atento como siempre, no tardó en notar la melancolía que teñía las palabras y los gestos de su prometida. Una tarde, mientras discutían sobre las flores que decorarían el altar, la tomó de la mano y la miró con una ternura que derritió las defensas de ella.
—¿Qué te ocurre, mi amor?—preguntó con voz suave, acariciando su mejilla con el pulgar—. Te...