Se suponía que debía decirle a Enrique que no quería casarse. Lo había intentado, con la voz temblorosa y el corazón palpitante, pero cada vez que las palabras "tenemos que hablar" amenazaban con salir de sus labios, él las acallaba con una excusa inventada y se esfumaba. Era como si el destino conspirara para que esa conversación crucial nunca se llevará a cabo.
A solo un día de la boda, la angustia la oprimía como una mordaza. Se sentía asfixiada, atrapada en una red de mentiras y obligaciones que la sofocaban. Su mente era un torbellino de dudas y su corazón un campo de batalla entre el amor y el...