Cinco años después…
—¿Estás segura que te quieres ir? Aún estás a tiempo. —La angustia de Dolores Sullivan se evidenciaba en su rostro lleno de pecas y en sus líneas de expresión bastante acentuadas.
De pie en el aeropuerto de Barajas, Sofía y su hermana se despedían.
—Mamá, ¿es cierto que tía no puede venir con nosotros?
Ambas mujeres arrugaron sus caras con ternura mirando hacia abajo, hacia la carita triste del pequeño Liam, aunque ya tuviese sus recién cumplidos seis años.
Sofía se agachó para hablarle de tú a tú, Dolores lo haría si no fuese por sus lágrimas, las cuales intentaba ocultar.
—Amor, tía debe quedarse por trabajo, lo sabes, ¿cierto? Pero en navidades ella irá a casa para pasarla con nosotros, ¿qué te parece eso? ¿Te gusta la idea?
El hombrecito de cabellos castaños, un color que fue cambiando con el tiempo, asintió con una especie de sonrisa, no muy convencido por lo que su mamita le decía.
—Hey, compañero, dame esos cinco —pidió Dolores ya con su cara limpia y chocando su mano con la de él—. El tiempo pasará volando. En menos de lo que canta un gallo estaremos todos en familia.
El llamado a abordar se escuchó en el altavoz, las hermanas se abrazaron fuerte por varios segundos, se querían muchísimo y a pesar de las dificultades, se hicieron buena compañía durante todo ese tiempo.
—¿Y si el padre de Liam aparece? —Dolores aún sentía miedo por el regreso de Sofía, pero no era más que el efecto de estar en ese lugar. Fue en esa terminal de vuelos donde recibió a una hermana asustadiza y destrozada por las terribles razones que la llevaron hasta allí. Y ahora se iba.
—No es posible que eso ocurra —respondió Sofía en un susurro para que Liam, quien estaba mirando para todas partes en ese momento, no alcanzara a escucharlas—. Sabes que hice mis averiguaciones. Gael se ha quedado tranquilo en todos los aspectos. Tengo que seguir con mi vida, Dolores, y este trabajo en los Estados Unidos me dará esa libertad económica que tanto necesito.
Dolores suspiró, tragando el nudo en su garganta, asintiendo. Su querida hermana tenía toda la razón, solo el miedo le hacía querer detenerla.
—¿Buscarás al hombre que te ayudó? —casi no quiso preguntarlo, le parecía una locura, pero conocía tanto a su hermana, que prácticamente sabía la respuesta.
—Por supuesto que sí, sabes que es como un sueño que cumpliré.
—¿Cómo estás tan segura de que lo verás?
—No estoy nada segura, aunque eso te sorprenda. Pero regreso, hermana, estoy regresando y aún tengo vivo dentro de mi pecho ese gran anhelo por agradecer todo lo que Leonel Vos hizo por mi hijo y por mí. Si no fuese por él, quizás yo…
—Shhh, ya, ya, no hables de eso, ya ha pasado mucho tiempo, lo mejor es trasmutar. —Ambas mujeres suspiraron—. Pero me preocupa que te ilusiones y no lo veas nunca. Es que…, jamás pudiste contactarlo, ¿cómo sabrás dónde está?
—No lo sé. Hablaré con Larry, le contaré todos los detalles faltantes, le daré nombres. No pierdo las esperanzas.
El avión despegó sin contratiempos y aterrizó en una escala corta en México para dirigirse luego hacia el aeropuerto John F. Kennedy en la ciudad de Nueva York, la gran manzana, hogar de nacimiento de los Sullivan, pero no el destino de Sofía y su pequeño hijo.
***
—¿Ya se despertó mi hombre favorito?
Leonel Vos inhaló profundo para serenarse. Las palabras de la hermosa hembra que se acercaba a su espalda causaron un poco de tensión en su cuerpo.
Cuando sintió sus manos tocarle y abrazarle, la detuvo.
—No lo hagas —exigió él con voz de mando, apartando las manos de la fémina como si quemaran—. Arruinarás mi camisa. Además, necesito que te vayas, estaré muy ocupado y ya voy tarde.
La mujer detuvo sus movimientos. Metió la lengua entre sus muelas y dio varios pasos hacia atrás, sin dejar de mirar la espalda ancha del sujeto que acababa de tratarla como si ella no valiera nada.
—Como tú digas, Leonel, ¿no es así? Todo se hace como tú lo digas, ¿o me equivoco? —Se dio la vuelta y sacó su cuerpo delgado, solo vestido con ropa interior, de la habitación, recogiendo sus cosas, saliendo del apartamento y cerrando la puerta principal con evidente molestia.
Leonel suspiró y metió sus manos en los bolsillos. Serio, con el ceño fruncido, siguió mirando la inmensidad de la ciudad de Albany a través del ventanal de su recámara. Aquel era su hogar desde que todo se volvió lúgubre y gris a su alrededor.
Era el día uno de septiembre, una fecha muy importante para él. Se cumplían cinco años desde aquel fatídico día donde conoció a la mujer que le cambió la vida.
«Cinco años ya», pensó.
Cinco años que no sabía de ella, cinco años que no la olvidaba.
Lo intentó a toda costa. Echarla a un lado en sus memorias siempre fue uno de sus más grandes retos, pero esa mañana y el día entero se permitiría recordarla, se permitiría pensar en ella alegre con su hijo, sonriendo tal vez, quizás acompañada por su hermana o por alguien más. Cerraba los ojos y únicamente esperaba que ella y el pequeño Liam estuviesen bien al otro lado del océano.
Pero así como no pudo borrar el recuerdo de esa mujer huyendo por su vida, tampoco lo logró con lo que vino después. Esos amargos recuerdos los llevaba tatuados en cada rincón de su cerebro.
Su teléfono celular vibró con fuerza, así que caminó hasta su mesa de noche y miró la pantalla.
Suspirando, levantó el aparato y deslizó la banda de color verde para contestar.
—Muy buenos días, jefe —saludó Frank Loman, sus asistente personal, un hombre con más de cuarenta años, experto en muchos temas y muchas cosas que beneficiaban a Leonel. Además, era muy bueno en lo que hacía—. El protocolo está listo, señor. Le esperarán en la escuela para la inauguración de las nuevas áreas educativas.
—Perfecto. Prepara el vehículo, ya estoy vestido. ¿Elizabeth salió del edificio?
—Sí, señor. La señorita Cord acaba de tomar un taxi.
Leonel trancó la llamada, guardó su móvil en el bolsillo de su pantalón y se colocó el saco color negro, ajustando su corbata y los gemelos mientras abandonada su piso, esperando que la actividad a la que asistiría, apaciguara el mar embravecido que llevaba por dentro de su alma esa mañana.