Chapter 2 Lágrimas

Chapter 2 Lágrimas

El resto del día pasó sin mayores sobresaltos. Todo era lo mismo, atender llamadas, pasar las importantes al odioso de mi jefe y las que no importaban meterles excusas para que no molesten. Cuando dieron las cinco salí disparada para buscar a mi bebé. Esa era mi rutina de todos los días. Apenas terminaba mi horario de trabajo me iba hacia la guardería para pasar a buscar a mi pequeño hijo.

Cuando llegué a mi destino la carita feliz de Dante hizo que todos los problemas pasaran. Era por él el motivo que luchaba todos los días y soportaba lo que sea con tal de poder darle todo a mi hijo y que no le faltara nada.

—¡Mami! —exclamó mi bebé mientras venia corriendo hacia mí.

—Dante —respondí arrodillándome y abriendo mis brazos para recibirlo.

—Te tañe mucho mami —dijo escondiendo su cabecita en mi pecho.

—Y yo a ti amor —respondí dándole un beso en el cabello—. ¿Vamos a casa?

—¡Siii! —exclamó dando saltitos.

Nos despedimos de Antonella y fuimos rumbo a nuestro hogar. Cuando llegamos, luego de unos cuarenta minutos debido a que el ómnibus había tardado más de la cuenta, mi hermana Rosario nos esperaba con una rica merienda.

—¿Cómo está el niño más lindo de todo el mundo? —dijo Rose cuando llegamos. Dante largó una fuerte carcajada y se fue hacia sus brazos.

—Bien Tía Rosario —contestó sonriendo de oreja a oreja.

—¿Y para mí no hay saludo? —me hice la enojada

—Oh, claro. Vamos a saludar a tu mami o si no se enoja –le dijo en “secreto” a Dante—. Hola Berenice —me saludó acercándose a mí y me dio un beso en la mejilla

—Tengo hambe —señaló mi pequeño tocándose su pancita.

—Ya está todo vamos a comer antes de que se enfríe.

Nos fuimos hacia el comedor y comimos la rica cena que preparó mi hermana.

Rosario era mi hermana mayor, tenía dos años más que yo. Siempre fuimos muy unidas y teníamos una muy buena relación. Hacía tres años que vivíamos juntas. Recuerdo que el mismo día que terminé de mudarme aquí, nació Dante por la noche, fue una muy linda noticia después de la tragedia que sucedió solo días antes.

No tenía ningún familiar que no fuera Rosario, nuestro padre Antonio Swan había fallecido cuando yo tenía doce años y nuestra madre Renée cuando cumplí los diecisiete. Es por esa razón que Rose tuvo que hacerse cargo de la situación y sacarnos adelante.

Fue un golpe muy duro para las dos. Ambas quedamos solas y desprotegidas. Nuestros padres no tenían hermanos, por los cuales no teníamos tíos ni tampoco familiares cercanos. Al no tener otra alternativa, Rose se puso a trabajar en un restaurant abandonando su carrera de chef profesional que era su sueño, para poder tener que comer. Cuando yo le había dicho que quería trabajar para ayudar en la casa, ella negó rotundamente diciendo que me tenía que dedicar a mis estudios. Y así lo hice, había comenzado a estudiar administración de empresas, pero lo dejé a los dos años porque salía mucho dinero y no teníamos como solventarlo, es por eso que hice el curso para ser secretaria. Pero nunca había ejercido esa profesión, hasta hace dos años que fue que empecé a trabajar en la Corporación Harker.

A mi hermana Rose, le iba de maravillas en el restaurant, tanto así que se terminó casando con el dueño de éste. No solo encontró trabajo si no también al amor de su vida. Ella y Ernest —mi cuñado— ya llevan seis años juntos y se les nota que son muy felices.

Vivíamos todos juntos en el departamento de ellos hacia tres años que fue cuando me mudé a esta nueva cuidad. Nosotras éramos de un pequeño pueblo llamado Forks, pero debido a las circunstancias, mi hermana se había mudado a Chicago para abrir otro restaurant y yo elegí quedarme en nuestra ciudad natal, claro que luego me mudé con ella, porque no podía vivir en el mismo lugar donde lo recordara todo el tiempo. Igualmente yo estaba ahorrando para poder comprarme mi propia casa, para darles privacidad, pero hoy en día poder comprar algún inmobiliario estaba carísimo y no tenía el dinero suficiente para lograrlo. Si bien el departamento no era tan grande hacíamos lo posible para arreglarnos.

—¡Hola, Hola! —saludó Ernest entrando por la puerta.

—¡Tío oso! —exclamó mi pequeño yendo hacia él.

—¿Cómo estás, campeón? —lo alzó por los aires y comenzó a dar vueltas juntó a él.

—Ernest bájalo —regañó Rose a su marido—. Recién comió.

—Lo siento —dijo rascándose la nuca acercándose a saludarnos.

Cuando terminamos de comer, llevé a Dante al baño para ducharlo. Una vez que terminé, me di una ducha relajante. Todavía mi cabeza trataba de encontrar la solución para llegar a tiempo a mi trabajo sin descuidar a mi hijo. No me quedaba otra alternativa que pedirle ayuda a mi hermana.

—Rose —la llamé cuando me fui hacia la sala que era donde se encontraba mirando televisión.

—Dime —respondió, dándome esa mirada cálida que me hacía recordar tanto a nuestra madre.

—Necesito un favor –pedí cabizbaja. Odiaba aprovecharme de tanta hospitalidad, pero no tenía otra opción.

—Lo que quieras.

—Necesito que mañana lleves a Dante a la guardería, es que mi jefe me necesita a las ocho y no puedo llegar tarde. No tengo forma de llevar a Dante, odio pedirte todo esto, pero no tengo opción —dije mordiéndome el labio.

—Sabes que no es ningún problema, voy a tener que llamar a alguien para que cubra ese horario, pero mi sobrino es más importante.

—Gracias Rose, no sabes cuánto te agradezco —la abracé fuertemente.

—¿Para qué estamos las hermanas? —Dijo con una sonrisa—. ¿Por qué esa cara?

—Es que me pudre toda esta situación Rose, no le puedo dar el tiempo suficiente a mi hijo y encima ahora el gruñón de mi jefe me asigna como su asistente personal.

—¡¿Qué?! —exclamó atónita.

—Lo que dije —suspiré—, ahora voy a tener menos tiempo todavía —agregué tapándome el rostro con ambas manos.

—Trata de ser positiva Berenice. Y por Dante… no te preocupes sabes que él te ama, y no se va a enojar contigo, todo lo que haces es por él —murmuró y justo entraba mi bebé viniendo hacia nosotras.

—Mami, tengo sueñito —dijo refregándose el ojito.

—Vamos a acostarnos —conteste parándome y lo alcé—. Dile buenas noches a tus tíos —pedí una vez que Ernest entró a la sala.

—Bunas noches tíos —dijo con una sonrisa, aunque ahogó un bostezo.

—Que descanses Dante —les respondieron al unísono.

Fuimos hacia nuestra habitación y lo vestí con el pijama. Lo acosté en el medio de la cama que compartíamos y comencé a tararear la canción que le cantaba desde que estaba en mi vientre.

—Quiedo que me cuentes un cuento —pidió, acomodando su cabecita en la almohada de Cars.

—¿Cuál quieres?

—El pincipito —dijo y mis ojos se llenaron de lágrimas, miré hacia arriba para que no salieran hacia el exterior—. ¿Ese era favorito de papá? —preguntó con su dulce vocecita.

—Si cariño, ese era —contesté yendo hacia la repisa donde tenía sus libros de cuentos.

Fui nuevamente hacia la cama y comencé a leérselo. A las tres páginas de comenzar se quedó profundamente dormido. Me acerqué hasta su frente y le deje un beso allí.

Él era la personita que más amaba en este mundo y por la cual daría todo con tal de verlo feliz. No era fácil ser madre soltera y tener que criarlo sola. Porque por más que tuviera a Rosario y a Ernest conmigo yo tenía que ejercer tanto el papel de madre como de padre y era muy difícil. Trataba de hacer lo mejor posible, pero muchas veces tenía recaídas como ahora.

¿Por qué la vida es tan injusta y te saca de tu lado a las personas que más amas?

Me limpié las lágrimas que lograron salir y me puse el pijama dispuesta a dormir al lado de mi pequeño. Abracé su pequeño cuerpecito y sentí como su cabeza se acomodaba en mi pecho.

¿Por qué nos abandonaste? —Pensé y me dejé vencer por el sueño.

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