Alexander, entró a la habitación con todo el cuerpo temblando, su corazón latiendo con ràpidez, a la vez que sus ojos estaban llenos de lágrimas de dolor y desesperación.
—Sólo unos minutos, Señor Harrison— le advirtió el médico— recuerde que está bastante delicada.
—Júreme que va a salvarse— suplicó.
—No puedo hacer eso, señor, su pronóstico es reservado, debemos esperar un poco.
—¡Es mi esposa!—gimió con dolor.
—Lo sé, y le prometo que haremos todo lo que esté en nuestras manos, todo lo humanamente posible para que se recupere— Alex asintió con dolor, para seguir su camino a la cama.
Allí estaba ella, su Gianna, su amor, tenía el rostro...