Primero la vomitera y ahora un ataque de risa. No puedo dejar de reír, y él no hace nada por detener mi risa nerviosa. Me permite disfrutar del momento y espera pacientemente a que me controle mientras sujeta el cepillo de dientes delante de mis narices.
—¡Perdona! —digo entre risas—. Lo siento, de verdad. —Me seco las lágrimas de los ojos y veo un par de estanques oscuros de curiosidad, un labio mordido y unas cejas enarcadas—. La verdad es que tiene gracia.
—Me alegro de que te divierta. Abre la boca.
La abro y empieza a cepillarme los dientes. La arruga de concentración hace su aparición de siempre. Cuando...