Estoy agarrando la bolsa con tanta fuerza que se me duermen los dedos. Estoy perdiendo el juicio. Lo dejo atrás y bajo la escalera lo más rápidamente que puedo.
—No te vayas, Addison. Haré lo que sea. —Sus pasos pesados se acercan, pero está desnudo y, aunque sé que no tiene vergüenza, también sé que no saldría desnudo a la calle. Cuando llego a la puerta, me giro para mirarlo.
—¿Harás lo que sea?
—Sí, ya lo sabes.
Está tan asustado que estoy a punto de abrazarlo. Incluso ahora, cuando acaba de confesar que me ha estado robando las píldoras, me cuesta no caer en sus brazos. Pero si le...