—¿Por qué no puedes obedecerme en todo sin chistar?
Sonrío y reclamo su boca.
—Porque eres adicto al poder, y todo se pega menos la hermosura.
Se echa a reír y me coloca sobre sus caderas.
—Todo tuyo, nena.
—Muy bien —acepto de inmediato. Me levanto e intenta bajarme de nuevo sobre su entrepierna.
Lo aparto de un manotazo—. Si me disculpas...
—Perdona —sonríe—, pero no te andes con jueguecitos, ¿vale?
—Se te olvida, dios —digo cogiendo su erección y guiándola hacia mi cuerpo—, que me has
cedido el poder.
Desciendo con cuidado, y la sonrisa desaparece. Ahora mismo me está dando las gracias.
Gime y me agarra de los...