Se echa a reír, y entonces el muy arrogante se inclina hacia atrás y se quita la camiseta por la
cabeza para revelar su definida perfección. Se mira el pecho, como si se estuviera recordando a sí
mismo lo increíblemente maravilloso que es. Yo también tengo la mirada fija en su torso. Puede que
incluso esté babeando sobre el cordero, pero no voy a ceder a sus tácticas. Me deleito observando su divino esplendor y repaso con la vista cada firme milímetro de su cuerpo. Tomo nota mentalmente de que tengo que volver a marcarle el chupetón. Se está borrando.
—Jamás podrás resistirte a esto —dice señalando su torso.
Levanto...