Parece muy cabreado y ahora tengo que soltarlo. ¿Qué hará? Elaboro una lista con mis opciones. No tardo nada, porque sólo tengo dos: soltarlo y aceptar mi castigo o dejarlo esposado a la cama para siempre.
Lo observo con los ojos muy abiertos y recelosos y él me lanza miradas como cuchillos. ¿Qué hago? Apoyo las manos en sus fuertes muslos y me acerco hasta que su cara está a mi altura. Tengo que hacer que se le olvide un poco el cabreo.
Le paso las manos por el pelo y lo beso en la boca.
—Te sigo queriendo —susurro a medio beso. ¿Tal vez necesita que se lo recuerde?...