Me mira con sus ojos oscuros entornados y los labios apretados.
—¡Lo estabas pidiendo a gritos!
—¿Yo? ¿Cómo?
—¡Me dejaste! ¡Prometiste que no me dejarías nunca!
Estamos el uno frente al otro, mirándonos como un par de lobos a punto de saltar a la yugular
del otro. Ninguno de los dos se echa atrás. Los dos tenemos motivos para estar enfadados. Por
supuesto, yo soy la que más motivo tiene, pero no estoy preparada para pasarme la noche en plena
calle sólo para demostrar que tengo razón. No soy tan cabezota como él.
—No deberías haber decidido mi futuro tú solo —digo con más calma.
Echo a andar y doy...